La frágil calma que prometía el alto el fuego en Gaza volvió a resquebrajarse este lunes con la muerte de un adolescente palestino de 17 años, abatido por disparos de tropas israelíes en Jan Yunis, al sur de la Franja. El suceso vuelve a poner bajo cuestionamiento el alcance real de la tregua y el nivel de protección que ofrece a la población civil.
Tal como informa la agencia EFE, el Ministerio de Sanidad de Gaza confirmó el fallecimiento del menor, mientras el Ejército israelí aseguró que está revisando lo ocurrido. Esta reacción suele repetirse en incidentes similares, que con frecuencia son justificados por las fuerzas israelíes bajo el argumento de haber identificado una supuesta amenaza cerca de sus posiciones.
Ese mismo lunes, la agencia palestina Wafa reportó que varios civiles resultaron heridos luego de que un dron israelí atacara a un grupo de personas en Beit Lahia, en el norte del enclave. Aunque no se precisaron detalles sobre la gravedad de las lesiones, el hecho refuerza la percepción de que las acciones militares no se han detenido por completo.
Desde que el alto el fuego entró en vigor en octubre, los ataques no han desaparecido del todo. Cifras del Ministerio de Sanidad gazatí, controlado por Hamás, señalan que más de 460 palestinos han muerto desde el inicio de la tregua, incluidos mujeres y niños, y que el número de heridos supera el millar. Los datos reflejan una violencia más contenida, pero persistente.
A este panorama se suma la destrucción de edificaciones. Un análisis reciente del New York Times, basado en imágenes satelitales de Planet Labs, indica que el Ejército israelí ha demolido más de 2.500 edificios en distintos puntos de Gaza durante el periodo de alto el fuego. El Gobierno de Benjamín Netanyahu sostiene que estas demoliciones forman parte de operaciones contra túneles de Hamás y la Yihad Islámica, así como contra viviendas con supuestas trampas explosivas.
Para quienes viven en Gaza, la tregua se percibe cada vez más como una pausa frágil y condicionada. Cada nuevo incidente erosiona la esperanza de una desescalada sostenida y mantiene a la población civil en un estado permanente de incertidumbre, atrapada entre acuerdos políticos y una realidad que sigue marcada por la violencia.








