Cuba y EE.UU.contactos secretos con el entorno de Castro

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La política hacia Cuba vuelve a moverse en terreno silencioso. Mientras el discurso público mantiene el tono duro y las sanciones siguen apretando el cerco energético, en paralelo se desarrollan conversaciones discretas que podrían redefinir el tablero entre Washington y La Habana.

Según la agencia EFE, el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, ha sostenido intercambios reservados con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto y cuidador del expresidente Raúl Castro. Las gestiones, reveladas inicialmente por Axios, se estarían realizando al margen de los canales oficiales del Gobierno cubano, en un momento en que la presión económica de Estados Unidos sobre la isla alcanza niveles poco vistos en años recientes.

Aunque Raúl Castro dejó la presidencia, en Washington persiste la percepción de que conserva influencia decisiva dentro del sistema político cubano. A sus 94 años, su figura sigue siendo referencia obligada en la arquitectura del poder. De ahí que el entorno familiar especialmente un nieto con vínculos en estructuras estratégicas despierte interés en la diplomacia estadounidense.

Rodríguez Castro, de 41 años, no es un actor improvisado. Durante años formó parte del círculo más cercano a su abuelo y mantiene conexiones con directivos del conglomerado empresarial-militar GAESA, columna vertebral de buena parte de la economía nacional. En sectores de la administración republicana se le percibe como un puente generacional alguien que entiende la lógica del mercado y que observa el modelo tradicional con mayor pragmatismo que épica revolucionaria.

El propio presidente Donald Trump ha insinuado públicamente que existen contactos con altos funcionarios cubanos, aludiendo incluso a una “amenaza humanitaria” derivada de la crisis energética. Desde La Habana, las autoridades han negado negociaciones formales, aunque la historia bilateral demuestra que muchas conversaciones comienzan lejos de los micrófonos.

El impacto del embargo reforzado y de las restricciones energéticas se siente con crudeza en Cuba. Los apagones prolongados se han vuelto rutina; hospitales y oficinas operan en condiciones mínimas; el transporte público y privado sufre por la escasez de combustible. Organismos internacionales han advertido sobre el deterioro sostenido de indicadores sociales, mientras la migración hacia Estados Unidos y otros destinos de la región alcanza cifras récord desde 2022.

En ese contexto, cualquier señal de diálogo adquiere peso político. Washington mantiene la postura de que el sistema cubano necesita una transformación estructural, pero dentro de esa narrativa asoma la posibilidad de explorar salidas graduales. Para algunos analistas, el contacto con figuras no institucionales podría indicar que la Casa Blanca busca medir correlaciones internas antes de dar un paso mayor.

La pregunta que flota es qué forma podría tomar un eventual entendimiento. ¿Alivio parcial de sanciones a cambio de reformas económicas? ¿Apertura limitada al sector privado con garantías para inversiones estadounidenses? El precedente de los acercamientos durante la administración de Barack Obama mostró que los gestos simbólicos generan expectativas, pero sin cambios internos sostenidos el impulso se diluye.

Por ahora, el hermetismo domina. Lo cierto es que, mientras los discursos oficiales se mantienen firmes, las conversaciones discretas revelan que el conflicto entre Washington y La Habana no está congelado. Se mueve en susurros, tanteando un terreno donde cada palabra pesa y cada gesto puede alterar el equilibrio político en la isla.

Redacción
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