Azua no solo cultiva tomate: lo respira, lo exporta y lo celebra como parte de su identidad productiva. La provincia sureña ha convertido este fruto en su motor agrícola, al punto de proyectar una cosecha histórica que ronda los tres millones de quintales en la presente safra. Detrás de esas cifras hay décadas de transformación, inversión en riego y una cultura campesina que aprendió a sembrar con visión empresarial.
Como señala Marcos Lorenzo en CDN, el punto de inflexión llegó en 1971 con la construcción del canal Ysura conocido como canal de Riego y Sur, infraestructura que cambió para siempre el panorama agrícola de la zona. A partir de ahí, el tomate desplazó otros cultivos y se convirtió en el rey indiscutible de las parcelas azuanas.
Miguel Sánchez, vicepresidente del Grupo Linda, lo resume sin rodeos: “El tomate llegó a Azua cuando llegó el canal”. Aquella obra hidráulica permitió estabilidad en el suministro de agua y elevó la productividad inicial hasta un promedio de 35 quintales por tarea, cifra que con el paso de los años ha crecido de manera sostenida gracias a la tecnificación y a la experiencia acumulada de los productores.
En los años 80, el negocio dio otro salto. El transporte en patanas hacia el norte del país marcaba el ritmo comercial, hasta que en 1987 se inauguró una fábrica procesadora que fortaleció la cadena de valor. Con la agroindustria instalada en territorio azuano, el tomate dejó de depender exclusivamente del mercado fresco y comenzó a ganar espacio en la producción de pasta y conserva.
Hoy el cultivo no solo genera ingresos considerables, también ofrece una ventaja estratégica: la rotación rápida. El productor termina una cosecha y, casi sin pausa, inicia la siguiente. Ese dinamismo permite flujo constante de efectivo y reduce el tiempo ocioso de la tierra, una fórmula que explica por qué tantas familias dependen directamente del tomate.
Desde el punto de vista técnico, la clave está en la selección del material de siembra. Santo Matos, ingeniero del Grupo Linda, insiste en que elegir variedades de alto potencial productivo y con características adecuadas para la industria especialmente para la molienda define el éxito. El fruto debe alcanzar el grado de madurez y firmeza que exige la empresa procesadora, sin perder rendimiento en campo. Esa coordinación permanente entre productor e industria ha sido determinante.
A nivel nacional, el tomate industrial ocupa un lugar relevante dentro de la canasta agrícola dominicana. Datos del Ministerio de Agricultura muestran que el país ha fortalecido su producción en los últimos años, reduciendo la dependencia de importaciones de pasta y consolidando polos productivos como Azua y Baní. En ese mapa, Azua se ha ganado el título simbólico de “capital del tomate”.
La celebración de esa identidad tiene su espacio en el Parque Duarte del municipio cabecera, donde cada año se realiza la Feria del Tomate. La iniciativa surgió durante la gestión de la entonces gobernadora Grey Pérez y en esta edición está dedicada a Olmedo Cava, funcionario del INDRI. Más que una vitrina agrícola, la feria se ha convertido en un evento cultural que mezcla exhibición de frutos frescos, degustaciones y productos procesados.
Quienes asisten coinciden en que el ambiente festivo refleja orgullo colectivo. La conserva de tomate, protagonista en los estands, evidencia que la cadena productiva no termina en la finca. Desde la siembra hasta el envase final, el tomate mueve empleos, transporte, comercio y pequeñas industrias familiares.
Azua ha entendido que el agua organizada en canales puede cambiar destinos. Lo que empezó como una obra de riego terminó sembrando prosperidad. Tres millones de quintales después, el tomate no es solo un cultivo es la bandera agrícola de toda una provincia.








