Bad Bunny y la batalla por la voz latina protestas, política y la Super Bowl

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Bad Bunny no necesita consignas explícitas para incomodar al poder. Su sola presencia en escenarios tradicionalmente vedados al español ya funciona como una declaración, más aún cuando se trata del mayor escaparate deportivo y televisivo de Estados Unidos.

El debate se intensificó en la antesala de su participación en la Super Bowl, un contexto donde, según informó la agencia EFE, el artista puertorriqueño volvió a quedar en el centro de la conversación política por su historial de posturas públicas, su defensa de los migrantes y sus críticas a las políticas migratorias estadounidenses.

Que un cantante latino suba a ese escenario sin renunciar a su idioma tiene una carga simbólica difícil de ignorar. Para sectores académicos y culturales, ese gesto dialoga directamente con un momento marcado por discursos oficiales hostiles hacia las comunidades migrantes, particularmente las de origen latino. No se trata solo de música, sino de representación y de quién tiene derecho a ocupar espacios de poder cultural.

Bad Bunny ha ido más lejos que muchos colegas. La decisión de excluir a Estados Unidos de su gira DeBÍ TiRAR MáS FOToS World Tour, argumentando preocupación por redadas migratorias, marcó un punto de quiebre poco común en la industria. A eso se sumó su discurso en los Grammy, donde reivindicó la humanidad de los migrantes y cuestionó abiertamente al ICE, un pronunciamiento que resonó dentro y fuera del mundo artístico.

Las reacciones no tardaron. Desde la Casa Blanca se le acusó de “demonizar” a los agentes federales, mientras figuras políticas conservadoras lo señalaron como un artista que “siembra odio”. En Puerto Rico, el choque fue aún más frontal. Dirigentes del oficialista Partido Nuevo Progresista lo atacaron con dureza, recordando que el cantante fue uno de los rostros visibles de la campaña electoral de 2024 contra esa colectividad, financiando mensajes públicos que denunciaban corrupción y falta de compromiso con la isla.

Esa incomodidad no es nueva. En 2019, Bad Bunny ya había demostrado su capacidad de movilización al sumarse, junto a otros artistas, a las protestas que culminaron con la renuncia del entonces gobernador Ricardo Rosselló. Aquellas jornadas confirmaron algo que hoy parece evidente cuando el artista habla, una parte importante del país escucha.

Su música también ha servido como crónica social. Temas como El Apagón colocaron en la agenda pública la gentrificación y el desplazamiento en Puerto Rico, mientras otras canciones han sido apropiadas por comunidades fuera del Caribe, desde Palestina hasta el Líbano, como símbolos de memoria y pérdida. Esa circulación global refuerza la idea de que su mensaje trasciende fronteras y contextos específicos.

Incluso los detalles de inclusión, como integrar interpretación en lengua de señas en presentaciones masivas, refuerzan una narrativa coherente la de un artista consciente de su alcance y de las responsabilidades que conlleva. No es casualidad que sectores académicos lo definan como una figura capaz de conectar cultura popular, política y sensibilidad social sin recurrir a discursos prefabricados.

Ver a Bad Bunny asociado a un evento como la Super Bowl no es solo un logro individual. Refleja el peso que ha ganado la cultura latinoamericana en espacios donde antes era marginal y confirma que, le guste o no a los gobernantes de turno, la música sigue siendo una de las formas más efectivas de disputa simbólica en nuestro tiempo.

Redacción
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