Cuba enfrenta una situación energética crítica que amenaza con afectar de manera profunda la vida cotidiana en la isla. La escasez de combustible, sumada a la vulnerabilidad de sus centrales termoeléctricas, anticipa un periodo de restricciones y ajustes que podrían marcar la economía y el transporte en los próximos meses.
Tal como informa EFE, el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, reconoció en un mensaje televisivo el 5 de febrero que la situación es “compleja” y que los cubanos enfrentarán tiempos “muy difíciles” tras el cierre del suministro de petróleo desde Venezuela, que en 2025 aportaba alrededor del 30 % de las necesidades energéticas del país.
El impacto es inmediato: la isla no ha recibido combustible desde diciembre y ha detenido la producción de electricidad con motores de diésel y fueloil, que representan cerca del 40 % de la generación energética. Por ahora, se prioriza la energía para actividades económicas esenciales y riego agrícola, dejando al resto de la población con restricciones significativas.
Díaz-Canel anunció medidas de emergencia inspiradas en las directrices del llamado Periodo Especial, cuando la caída del bloque soviético obligó a Cuba a racionar combustible, impulsar la autosuficiencia alimentaria y recurrir a transportes no motorizados. La actual “opción cero” contempla un escenario de escasez total de petróleo importado, adaptando algunas estrategias históricas a las condiciones actuales.
El escenario se agrava por la presión internacional. Tras la captura de Nicolás Maduro en Venezuela, principal proveedor energético de Cuba, y la orden presidencial de Estados Unidos de restringir envíos de petróleo hacia la isla, la dependencia de importaciones externas se vuelve crítica. Expertos estiman que, sin nuevos envíos, Cuba podría enfrentar una crisis grave para marzo de 2026.
Hasta el momento, la isla ha recibido únicamente un cargamento de crudo desde México, de 86.000 barriles, insuficiente frente a la demanda diaria de 110.000 barriles. Las autoridades cubanas mantienen gestiones para reactivar los suministros, conscientes de que cualquier retraso adicional complicará aún más el funcionamiento de hospitales, escuelas, transporte público y producción económica.
La crisis energética en Cuba evidencia no solo la fragilidad de su infraestructura eléctrica, sino también la vulnerabilidad geopolítica de un país altamente dependiente de proveedores externos en momentos de tensión regional.








