La figura de Maya Plisétskaya vuelve a encender la memoria colectiva de los amantes de la danza. Su nombre, asociado a una presencia escénica feroz y a una sensibilidad artística que marcó generaciones, regresa al centro de la conversación pública con motivo de su centenario. En Rusia, la admiración por su legado no ha perdido brillo, y cada acto en su honor confirma la huella que dejó en la cultura del siglo XX.
Según EFE, el país organiza una serie de conciertos y actividades que buscan retratar no solo su trayectoria, sino también la compleja historia personal que moldeó a la mítica bailarina. Plisétskaya, nacida en 1925 y formada en el exigente universo del Teatro Bolshói, se convirtió en un símbolo de resiliencia para varios períodos turbulentos de la Unión Soviética.
La artista creció marcada por las purgas estalinistas la detención y ejecución de su padre, el confinamiento de su madre en Kazajistán y la ruptura abrupta de su infancia. Ese pasado, lejos de quebrarla, le dio un carácter que después se reflejaría en su manera de habitar el escenario. Su entorno siempre recordaba cómo combinaba disciplina férrea con una capacidad poco común para la improvisación, un contraste que la distinguió del resto de las estrellas del ballet soviético.
El centenario ha renovado también el interés por su figura fuera de Rusia. La televisión estatal programó el documental Maya Plisétskaya. La furia de la danza, una pieza que rescata imágenes inéditas del archivo personal de su hermano, Azari, quien además presentó un nuevo libro titulado El siglo de Maya. El volumen ofrece cartas, fotografías y materiales que muestran a la bailarina detrás del mito, desde sus rutinas de trabajo hasta su búsqueda incansable por perfeccionar la técnica sin perder espontaneidad.
En las nuevas generaciones de bailarines, su influencia sigue siendo palpable. Escuelas de Moscú, San Petersburgo y Novosibirsk han promovido talleres y charlas donde se estudia su estilo, especialmente su manera de expandir el lenguaje del ballet clásico con gestos que bordeaban la teatralidad contemporánea. Críticos europeos han subrayado cómo Plisétskaya abrió una puerta estética que después aprovecharon coreógrafos como Roland Petit o Maurice Béjart, con quienes desarrolló colaboraciones innovadoras.
Entre las memorias más llamativas de su vida internacional figura su amistad con Robert Kennedy. El vínculo surgió durante una recepción en Washington en 1962 y se mantuvo mediante correspondencia y pequeños gestos anuales; una mezcla de diplomacia cultural y afecto sincero que hoy muchos historiadores consideran un ejemplo singular del “poder suave” soviético en plena Guerra Fría. El momento más recordado de esa relación ocurrió tras el asesinato del senador Plisétskaya interpretó La muerte del cisne en su honor, arrancando una ovación que quedó registrada en varias crónicas de la época.
Su relación con la moda también influyó en su legado. Pierre Cardin encontró en ella una energía escénica que lo inspiró a diseñar vestuarios que rompían con la estética habitual del ballet. Diseñadores actuales especialmente en París y Madrid reconocen en esas piezas una de las primeras fusiones exitosas entre alta costura y danza profesional, antecedente de colaboraciones que hoy son comunes entre compañías y marcas de moda.
Plisétskaya, que dirigió el Ballet del Teatro Lírico Nacional en España y recibió distinciones como el Premio Príncipe de Asturias y la Orden de Isabel la Católica, mantuvo una carrera activa hasta una edad inusual para el mundo del ballet. Su permanencia en los escenarios, incluso cuando la mayoría de las bailarinas ya se habían retirado, consolidó su otra reputación: la de una artista que nunca negoció con la mediocridad.
El centenario no solo celebra a una intérprete excepcional; también recuerda a una mujer que, habiendo sido despojada de su familia y empujada a una vida de disciplina extrema, decidió convertir cada adversidad en una herramienta creativa. Su historia continúa atrayendo nuevas miradas porque combina tragedia, talento y una voluntad de hierro que todavía resuena en quienes dedican su vida a la danza.








